Episodio 66. Guía definitiva del estrés. El bueno, el malo y cómo manejarlo
Autor: Héctor García Rodicio https://www.instagram.com/correrporsenderos/
"Menudo estrés llevo", "no me da la
vida", "necesito unas vacaciones". Si no has pronunciado estas
palabras alguna vez (que apuesto a que sí lo has hecho y más de una y de dos y
de tres veces), de lo que estoy 100% seguro es de que las has escuchado con
frecuencia. Estamos estresados, vamos como pollos sin cabeza: de casa al
colegio de los niños, de allí al trabajo, de allí a hacer unas gestiones, de
allí al colegio otra vez a coger a los niños y dejarlos en las extraescolares,
aprovechar ese hueco para hacer la compra, otra vez coger a los niños,
llevarlos a casa, darles un baño, ayudarles con los deberes, darles de cenar y,
oh, sorpresa, todavía tienes pendiente el entreno que te puso el coach. Después
también tendrás que cenar tú y que fregar lo platos, tender la lavadora,
revisar e-mails, WhatsApp, facturas… Con ese ritmo, es lógico que el estrés sea
la segunda causa de baja laboral, sólo superado por los dolores musculares,
seguramente debidos, por un lado, a ese régimen diario de tremendo sedentarismo
(pues sumamos hasta 14h de estar sentados, juntando el tiempo en el coche, en
la oficina, en la mesa de la cocina y en el sofá) y de tremenda activación
nerviosa simpática, producto, precisamente, del dichoso estrés. Es lógico
también que una de cada cuatro bajas sea debida al susodicho estrés y que una
de cada dos personas activas solicitará baja por estrés en algún momento de su
carrera laboral. Peor todavía, el estrés está implicado, de un modo u otro, en
todas las enfermedades modernas: aumenta el riesgo de sufrir enfermedad
cardiovascular, diabetes, autoinmunidad, depresión y hasta cáncer. El estrés es
el gran enemigo; silente, pero devastador. Dadas estas premisas, creo
rotundamente que merece la pena dedicar un episodio a comprenderlo mejor, para
así saber cómo manejarlo y evitar esos desenlaces fatales, en forma de baja
laboral, primero, enfermedad crónica, después, y, en el peor de los casos,
incluso muerte prematura.
Hoy vamos a hablar de estrés, del malo, del bueno y de cómo
gestionarlo. Y, para ello, nos apoyaremos en el trabajo del biólogo Robert
Sapolsky, con décadas de experiencia estudiando a unos animales que, pese a
aparentar llevar una vida sencilla, también andan todo el día estresados como
los humanos modernos, los babuinos del cuerno de África, y nos apoyaremos en
sus libros divulgativos de su investigación, en especial, el famoso "¿Por
qué las cebras no tienen úlceras?".
Hechas las menciones de rigor, sin más dilación, vamos al
turrón.
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¿QUÉ ES EL ESTRÉS?
El estrés es una respuesta natural del organismo ante una
amenaza que rompe la homeostasis del mismo. Esa amenaza es el estresor. Y la
respuesta al estresor es la respuesta de estrés (RDE). La respuesta de estrés
busca escapar-de o neutralizar-a el estresor para reestablecer la homeostasis.
Los estresores pueden ser físicos o psicológicos y pueden ser presentes o
anticipados. (En apenas un minuto he dicho muchas cosas y todas muy abstractas;
vamos a ver más claro qué es cada una con un par de ejemplos.) Un estresor o
amenaza física es, por ejemplo, una tormenta eléctrica en medio del monte. Por
si no lo sabes, una tormenta eléctrica se caracteriza por desatarse muy
repentinamente y por contener lluvia copiosa, vientos fuertes, rayos y truenos
y, con frecuencia, granizo. Ese viento y esa agua pueden provocarte hipotermia
y, si llevas objetos metálicos, pueden atraer los rayos, que te achicharrarían
dejándote seco. Ante un estresor físico así, el cuerpo reacciona con la RDE
para salvarte la vida. En concreto, soltarás ese objeto metálico que llevas, esos
bastones de carbono y punta de acero, te pondrás la chaqueta impermeable a toda
prisa, si es que la llevas, y, por supuesto, saldrás corriendo, como alma que
lleva el diablo, en busca de refugio. Ejemplos de estresores psicológicos son
la muerte de un ser querido, la incorporación a un nuevo puesto de trabajo, la
presentación de un informe, la negociación de una hipoteca o una competición
deportiva. Son situaciones que también nos sacan de la homeostasis y que
debemos afrontar y resolver, a través de la RDE, para recuperar la citada
homeostasis. Por último, en previsión de una posible tormenta eléctrica, de que
no nos den la hipoteca buscada o de que la competición no salga como esperamos,
también podemos activar la RDE. En esos casos, la amenaza no es presente, sino
imaginada. Pero el organismo no distingue la fuente de estrés y responde
igualmente con la RDE en cuestión. Dije antes que la RDE es natural y es que,
de no resolver la amenaza, nuestro bienestar está en riesgo y, en última
instancia, nuestra propia supervivencia.
¿Cómo funciona exactamente la RDE? Para llevar a cabo su
función de resolución de las amenazas físicas y psicológicas, la RDE provoca
una serie de cambios en nuestra fisiología. Por un lado, aumenta frecuencia
cardíaca y presión arterial, envía glucosa y ácidos grasos al torrente
sanguíneo, dirige el flujo de sangre hacia los músculos, en detrimento de piel,
sistema digestivo y cerebro; también produce euforia y analgesia. Al mismo
tiempo, la RDE suprime la digestión, la función renal y, en general, las tareas
a largo plazo, incluyendo la regeneración de tejidos, la reproducción y, aunque
esto lo matizaremos luego, la respuesta inmunitaria. Como se deduce de estos
cambios, lo que hace la RDE es, en definitiva, movilizar energía hacia el
músculo para que lleve a cabo la acción resolutiva, que, por lo general, va a
implicar acción; las consabidas lucha-o-huida. Y deja en stand-by las funciones
que no son imprescindibles para la supervivencia inmediata, como digestión,
construcción de tejido, reproducción o inmunidad.
Esos cambios fisiológicos de la RDE son accionados por
hormonas y neurotransmisores. Las catecolaminas, siendo la adrenalina la
principal, son las encargadas de ese incremento en la frecuencia cardíaca y la
presión sanguínea; también de la secreción de beta-endorfinas, responsables de
la sensación de euforia y de la supresión del dolor. Otro agente capital son
los glucocorticoides, siendo el cortisol el principal. El cortisol tiene los
mismos efectos que la adrenalina; la diferencia es que esta última actúa en
segundos, mientras que el cortisol lo hace en minutos y horas. Adrenalina y
cortisol, a su vez, estimulan la secreción de otras hormonas, que regulan otros
de los cambios implicados en la RDE. Por ejemplo, el páncreas secreta glucagón,
que saca glucosa de hígado y glucógeno muscular para llevarlo al flujo
sanguíneo y, de ahí, pueda alimentar al músculo que nos salvará de la amenaza. Otra
hormona que se va a secretar es la vasopresina, responsable del envío de agua a
los riñones, para que hagan su labor de limpieza a través de la orina. Si la
RDE corta la orina, es porque prefiere destinar todo el agua disponible al
plasma sanguíneo, que es el canal de transporte de la energía al músculo; no
hay una gota que desperdiciar. Al mismo tiempo, la producción de otras hormonas
es inhibida, como la testosterona y el estrógeno o la insulina, porque no es
momento ni de reproducción ni de construcción de tejidos. La insulina, en
particular, sirve para sacar la glucosa de la sangre y llevarla a los tejidos,
a los depósitos de glucógeno muscular y hepático y, cuando están llenos, al
tejido adiposo. Pero, recordemos, ahora no es momento de guardar la energía
para el futuro, es momento de utilizarla, de mover el culo y salvar el pellejo.
Como sabemos por episodios anteriores, una situación de estrés es un estado
catabólico, de destruir tejido para obtener energía, y no anabólico, que sería
el de construir tejido.
Por último, toda esa producción de hormonas y supresión de
otras, está orquestado por el denominado “eje hipotálamo-hipófisis-adrenal” o
eje HHA. Hipotálamo e hipófisis son estructuras cerebrales dentro del sistema
límbico, nuestro cerebro mamífero (para entendernos). También ahí está la
amígdala. El término “adrenal” se refiere a una glándula que tenemos encima de
los riñones, la corteza suprarrenal. La secuencia es así. El hipotálamo
recibiría información, desde la amígdala, de que está ocurriendo algo malo,
entendería que hay una amenaza que resolver, mandaría la señal correspondiente
a la hipófisis y, ésta, haría lo propio con la corteza suprarrenal. Dicha
corteza secretaría adrenalina y cortisol y, éstas, regularían el resto de
secreción e inhibición hormonal. Y todas las acciones derivadas de la secreción
de adrenalina, cortisol y demás hormonas se realizarían a través de la rama
simpática del sistema nervioso autónomo. Del mismo modo, las acciones que han
sido suprimidas, digestión, construcción, inmunidad, son dependientes del
sistema parasimpático, que ahora está suspendido (algo, por cierto, que se
reflejaría en una HRV baja).
¿CUÁNDO EL ESTRÉS ES MALO?
La RDE, según acabamos de ver, es la que nos salva el culo
cuando nos sorprende una tormenta eléctrica en medio del monte, un
desprendimiento de rocas, el ataque de un miembro de una tribu rival o, más
pegado a nuestro día a día, cuando el jefe nos pide explicaciones por algún
error cometido o hacienda nos pide aclarar el origen de ciertos ingresos. La
RDE es clave para conservar la homeostasis y, a la postre, para sobrevivir. Y
consiste, como también acabamos de aprender, en la movilización de energía
hacia los músculos, que llevarán a cabo la acción resolutiva, y en la supresión
de todas las funciones que no sirvan a dicho cometido. Entonces, si la RDE es
vital, ¿cómo puede llegar a ser perjudicial? Muy sencillo: el estrés es malo
cuando es crónico, cuando es sostenido en el tiempo, bien porque el estresor
está presente 24/7 en nuestra vida o porque el temor a ese estresor está
activado 24/7 en nuestra imaginación. Es, por tanto, el estrés crónico el que representa
un problema para la salud, hasta el punto de constituir, como dije, la segunda
causa de baja laboral, y hasta el punto de provocarnos o agravar enfermedades
tan graves como la cardiovascular, la depresión o hasta el cáncer. ¿Qué tiene
que ver el estrés crónico con la ECV, la diabetes, la depresión, las fracturas
óseas o el cáncer? Como vamos a ver enseguida, básicamente, todo deriva de unos
niveles constantemente altos del glucocorticoide por excelencia, el cortisol.
Lo vemos.
Enfermedad cardiovascular. Una de los cambios que resultan
de la RDE es el aumento de la presión sanguínea. Dicho aumento, sostenido en el
tiempo, degenera en hipertensión, la cual va derivando en una serie de
problemas, a cada cual más indeseable. Hipertensión significa que la sangre
viaja constantemente por los vasos con mucha fuerza. Los vasos, por tanto, han
de hacerse más rígidos para soportar la presión. Al engrosarse, constriñen el
flujo y, en consecuencia, aumenta la tensión todavía más. El corazón también
está recibiendo la sangre con más fuerza, por lo que también debe hacerse más
fuerte: el resultado es la hipertrofia del ventrículo izquierdo. Al ser más
grande, el corazón necesitará un suministro mayor de sangre y oxígeno para
funcionar, que tal vez las arterias no puedan suministrar en cantidad
suficiente, lo que resulta en riesgo de ataque al corazón. Para empeorar las
cosas, la sangre viajando con mucha presión por los vasos puede causar daños en
su interior, lo que provoca la acumulación de basura (plaquetas y grasa, que
vendrían a taponar los daños) y la eventual formación de ateroesclerosis. Las
placas de ateroma pueden reducir el flujo sanguíneo en una parte del cuerpo,
incluido el propio corazón (provocando miocardio isquémico). Con un miocardio
isquémico ocurre que, ante cualquier mínimo estresor, el corazón no puede hacer
bien su trabajo y sufres angina de pecho; es decir, que, sólo de subir los
escalones a un primer piso, te duele el pecho, como si estuvieras esprintando a
meta en Chamonix, tras 100M dando la vuelta completa al Mont-Blanc. Por otro
lado, si una placa de ateroma se desprende, puede formar un trombo. Y, según
dónde se deposite el trombo, puedes sufrir infarto de miocardio o infarto
cerebral. En fin, la hipertensión, el aumento constante de la presión
sanguínea, resulta en ECV: aterosclerosis, angina de pecho, infarto de
miocardio, infarto cerebral.
Diabetes tipo 2. La diabetes tipo 2 es la que se desarrolla
en vida, no con la que se nace, que sería la tipo 1. La diabetes, en cualquier
caso, es la dificultad o incapacidad para producir insulina, que entonces ha de
inyectarse en forma sintética desde fuera. ¿Por qué un déficit de insulina es
un problema? Ya dijimos antes que la insulina recoge la glucosa en sangre, que
no es necesaria para alimentar a los músculos, y la lleva a guardar a los
depósitos de glucógeno y al tejido adiposo. Y es que, un exceso de glucosa en
sangre, una hiperglucemia sostenida, acaba dañando el endotelio, la pared
interna de los vasos sanguíneos; y esos daños se van a reparar con plaquetas y
grasa, que pueden formar placas ateroescleróticas, con las consecuencias que ya
describimos antes. La hiperglucemia también puede resultar tóxica para muchos
órganos, como ojos, riñones, cerebro o corazón, con riesgo de ceguera, fallo
renal, demencia, amputaciones o, finalmente, muerte. En fin, hace falta
insulina para sacar esa glucosa que no se necesita y evitar así todos estos
efectos fatales de una hiperglucemia sostenida. ¿Qué tienen que ver esa
hiperglucemia y esa insulina con el estrés crónico? Ocurre, como explicamos en
el primer apartado, que la RDE insufla glucosa en sangre, pues entiende que hay
un peligro que combatir o del que escapar y unos músculos que mover en esa
lucha-o-huida y que necesitan combustible. Pero, como en el estrés crónico esa
hiperglucemia es permanente y no está alimentando al sistema
músculo-esquelético, hay que sacarla de allí con insulina. Y, como hay que
estar secretando insulina 24/7 para llevar la glucosa a los tejidos y los
tejidos han de estar convirtiendo la glucosa 24/7 en glucógeno y tejido graso,
pues el páncreas se agota de producir insulina y los tejidos, se vuelven
resistentes a ella. ¿Resultado? Hiperglucemia permanente, con los desastrosos
efectos que ya enumeré: ese daño en el endotelio y esa toxicidad para los
órganos, que a su vez devienen en infarto, ceguera o fallo renal.
Depresión. La depresión se caracteriza por la tristeza y
desesperanza profundas y mantenidas en el tiempo. Todos podemos estar algo más
tristes y menos animados cierto día o varios días. En la depresión, sin
embargo, la pena, el pesimismo, el abatimiento y la incapacidad para
ilusionarse y para disfrutar de las cosas son totales y lo son un día y otro
hasta sumar meses o, en las formas más severas, décadas. ¿Qué tiene que ver la
depresión con el estrés crónico? Una vez más, niveles de cortisol
permanentemente altos son los malos de la película. Como aprendimos en el
primer apartado del episodio, cada hormona o neurotransmisor tiene su o sus
contrarios. Si se produce uno, la producción de otro se suprime. Y así
sucesivamente. Y es que no podemos, como dice Robert Sapolsky, “pisar a la vez
el pedal de freno y el acelerador”. Sucede que niveles altos de cortisol son
incompatibles con otros neurotransmisores como la dopamina y la serotonina. La
dopamina es la que nos motiva a hacer cosas, es el deseo, las ganas. La
serotonina participa en el estado ánimo positivo, en el enamoramiento o en la
relajación. Sin ellas, la apatía y los pensamientos negativos recurrentes
campan a sus anchas. Por supuesto, la depresión es un problema muy complejo y
no es simplemente un déficit de dopamina y serotonina, resultado de un estrés
mantenido y que se arregle, por tanto, simplemente conteniendo el estrés y/o
restaurando los niveles de los neurotransmisores de marras. De hecho, la
corteza prefrontal (digamos, la parte racional del cerebro) puede influir sobre
el eje HHA, en lo que se denomina regulación “arriba-abajo”. De manera que,
aunque no haya un estrés objetivo, la persona puede crear efectos análogos a
través de su pensamiento; y ese patrón de pensamiento, a su vez, es resultado
de miles de cosas, entre las que está tu genética, tu gestación e infancia y
todas las experiencias acumuladas en la vida. En fin, la depresión es cosa
seria y no sólo un producto del estrés y un déficit en la serotonina; pero está
claro que el estrés crónico es una de las vías de entrada a este lado tan
oscuro de la psique humana y un agravante. (Que conste que conozco bien la
pesadilla del trastorno depresivo.)
Fracturas óseas. Decíamos que el hipotálamo es, de algún
modo, el centro de operaciones: recibe información procedente del exterior, a
través de los sentidos, que la captan, y la amígdala, que la evalúa, y, en
función de eso, manda producir unas u otras hormonas. Aparte, las hormonas, y
las ramas del sistema nervioso autónomo a la que están ligadas, son
incompatibles unas con otras. Si hay un peligro que resolver, intervienen
cortisol y sistema simpático; y, por consiguiente, se suspenden el sistema
parasimpático y sus funciones, la de digestión, la de regeneración, la de
reproducción. Puntualmente, como estamos entendiendo hoy, la activación
simpática no es mala y, sí, imprescindible, para poder deshacernos del peligro
que nos amenaza. Pero, como también va quedando claro, un cortisol
permanentemente elevado y una activación simpática constante anulan esas otras
funciones capitales, ligadas al sistema parasimpático. Sin trabajo del sistema
parasimpático no habrá hormonas anabólicas ni sus correspondientes funciones de
reparación y regeneración. Esto afectará, entre otras cosas, a la densidad ósea
y, en consecuencia, al riesgo de fractura, especialmente si realizas una
actividad de impacto, como el correr. El problema es que, al hipotálamo las
amenazas no sólo le llegan del exterior, también del interior, desde ese córtex
prefrontal, capaz de anticipar amenazas probables y de imaginar amenazas
imposibles. Por locas que sean las creaciones de la mente, para el hipotálamo
valen igual que un oso pardo enrabietado, contante y sonante, que nos topamos
en mitad de la montaña. El estrés psicológico presente y el imaginado son
capaces de desplomar los niveles de hormonas sexuales, lo que produce amenorrea
en las chicas (cosa que aprendimos en el episodio 29) y pérdida de densidad
mineral ósea, en chicos y chicas, con el consiguiente riesgo aumentado de
fractura, si practicas actividades de impacto como el correr.
Cáncer. Igual que apuntamos en el caso de la depresión, el
papel del estrés en el cáncer es más de catalizador, que de causante. No se me
ocurrirá decir que el estrés crónico provoca cáncer; pero creo también que su
potencial agravante no se puede negar. Y es que el estrés crónico, en forma de
cortisol permanentemente elevado, tiene impacto en la actividad del sistema
inmunitario. Antes afirmé que la RDE produce inmunosupresión. Lo cierto es que,
en los primeros 30’ de la RDE, hay un aumento de la actividad del sistema
inmunitario. Piénsalo, la RDE se ha podido desencadenar por una infección o una
herida abierta, por donde pueden entrar patógenos. Pero, en torno a los 60’
tras el inicio de la RDE, el sistema inmunitario regresa a niveles basales de
actividad. Mantenerlo trabajando es caro metabólicamente y una sobre-activación
tiene también riesgo de desarrollar reacciones autoinmunes. Si el estrés es
puntual, hay pico inicial y bajada gradual a niveles base, en cosa de una hora.
Listo. Sin embargo, una vez más, estrés mantenido termina debilitando nuestra
inmunidad. El cortisol impide la creación de linfocitos, anticuerpos,
interleuquinas e interferones, todos ellos componentes básicos del sistema
inmunitario. En particular, no se crean células NK, que son las que combaten
los tumores. Aparte, el cortisol inyecta glucosa en sangre, que es el alimento
favorito del tumor. En fin, el cáncer se produce por la exposición a
carcinógenos, pero, una vez desarrolladas las células tumorales y el tumor,
niveles de cortisol elevados dificultan la acción inmunitaria y facilitan al
crecimiento del tumor.
¿CÓMO MANEJAR EL ESTRÉS CRÓNICO?
Queda claro que no interesa en absoluto mantener la RDE siempre
ON y niveles permanentemente elevados de cortisol. El estrés crónico es cosa
mala mala. La pregunta es de cajón: ¿qué podemos hacer para mantener el estrés
a raya y que sea agudo, pero no crónico? Propongo tres pasos: comprobar,
localizar y neutralizar, incorporar. Vayamos paso a paso.
Paso #1. Comprobar
Lo primero es comprobar si tenemos estrés crónico o no, si
de verdad vamos por el mundo como pollos sin cabeza. Para ello, podemos recurrir
a la tecnología (tecnología sencilla, que llevamos todo el mundo en la muñeca),
a chequeos médicos o a signos bastante evidentes de que algo no marcha bien en
nuestro sistema nervioso y, en general, en nuestra fisiología. En cuanto a
tecnología, un truco sencillo para ver si vamos de culo por la vida es mirar FC
en reposo, nada más despertar. Si está aumentada durante días y semanas,
respecto de lo que venía siendo normal, ahí tienes un primer signo. SI tu
Smartwatch mide HRV, misma comprobación: si tu HRV está baja durante días y
semanas, respecto de lo que venía siendo la línea base, he aquí otra señal de
estrés mantenido. Más sencillo todavía es observar cómo te sientes al despertar
por las mañanas. Si, desde hace ya una temporada, te despiertas (1) sintiendo
que no has descansado lo suficiente y/o (2) sin ilusión ni fuerzas para
afrontar el día, puede ser otra clave de que tu sistema nervioso está bastante
frito. Otro signo es que te cueste conciliar el sueño y/o que no lo logres
retomar, tras desvelarte en medio de la madrugada. Fatiga durante el día,
irritabilidad, dificultad para concentrarte, lesiones e infecciones frecuentes,
heridas que no curan, entrenos de alta intensidad que no salen, digestiones
pesadas e irregularidad para ir al baño, falta de libido… también serían
señales de alarma en materia de estrés. Con todos estos indicadores,
sinceramente, creo que no hacen falta analíticas; aparte, podría ocurrir que la
analítica muestre niveles “normales” en todos los parámetros y, sin embargo, tú
te sientes como la mierda. Siendo estrictos, si sufres estrés, las analíticas
deberían mostrarlo de alguna manera; lo que ocurre es que las básicas que
ofrece la SS suelen ser bastantes escuetas. En fin, ¿sientes que te falta la
energía? ¿FC y HRV al despertar lo confirman?
Paso #2. Localizar y neutralizar
Bien, si ya hemos constatado que tenemos el estrés por las
nubes, es momento de intentar localizar las fuentes de ese estrés y, si es
posible, neutralizarlas. Dos fuentes habituales de estrés son el trabajo y un
bajo ESE. Me temo que estas cosas no se pueden cambiar o, desde luego, no de un
día para otro. Si trabajas en la hostelería, por ejemplo, pues el ritmo es
frenético, las jornadas de 10-12h, el trato del público deja que desear y,
encima, no está bien pagado. Natural que tengas estrés. Si tienes un negocio en
lugar de trabajar por cuenta ajena, pues, qué te voy a contar: estás ocupado y
preocupado por el trabajo 24/7 los 365 días del año. Porque, si no lo levantas
tú, nadie va a sacar adelante ese negocio. Y todas las mierdas te llegan a ti:
clientes, proveedores, inspecciones, impuestos, planes, balances… Si trabajas
con personas con discapacidad y/o enfermedad, también es una tarea
mega-demandante física y psicológicamente y puede ser frustrante, porque muchas
discapacidades y enfermedades no van a mejor, sino a peor, como Alzheimer o
esclerosis múltiple. Otro ejemplo más de trabajo estresante es el trabajo a
turnos: una semana de mañana, otra de tarde, otra de noche. Es muy difícil, por
no decir imposible, acostumbrar el cuerpo al cambio constante en los
biorritmos. Un ejemplo más (y sé que estoy dejando muchos en el tintero) de
trabajo estresante son los que implican guardias, las cuales son una auténtica
trampa, porque son un dormir con un ojo cerrado y otro abierto; vamos, que no
duermes un pimiento.
Respecto al ESE, también es una fuente habitual de estrés,
cuando es un bajo ESE. Y es que bajo ESE se traduce en precariedad financiera,
y la consiguiente incertidumbre constante de si llegas o no a fin de mes o de si
surge un imprevisto que no puedes afrontar, como una correa de distribución o
unos neumáticos que cambiar del coche, una ortodoncia que ponerle a tu hijo o
una operación de LCA que hacerle en una clínica privada. Ese bajo ESE se
traduce también en vivir en un barrio inseguro, ruidoso y donde no hay zonas
verdes. Inseguro porque la gente conduce como Fitipaldi, porque hay robos,
destrozos, atracos, intervenciones policiales. Ruidoso porque hay mucha
densidad de viviendas, bloques de cuatro portales, cada uno 7-8 plantas y pisos
a izquierda y derecha, y por tanto mucha gente, gente que ve televisión, pone
lavadoras y secadoras, extractores de aire… ; y también porque mucha de esa
gente trabaja a turnos y uno se levanta a las 3AM, otro a las 5, otro llega a
casa a la 1AM y con la radio del coche a todo trapo… Por último, por esa
densidad de viviendas, en estos barrios apenas hay zonas verdes y, mucho menos,
grandes espacios verdes. Los espacios verdes son relajantes, limpian el aire y
absorben calor en verano. En el reino del hormigón todo esto brilla por su
ausencia. (Que conste que, si bien, por suerte, mi trabajo y mi sueldo no
corresponden a un bajo ESE, el barrio donde vivo sí es de bajo estatus; todos
los estresores que he mencionado los conozco y los vivo de primera mano.)
Otro estresor frecuente es la interacción social. Esto debo
explicarlo. En principio, socializar no sólo no es estresante, sino que activa
la rama parasimpática y la secreción de hormonas y neurotransmisores que causan
relajación y placer, como serotonina u oxitocina. El mero hecho de ver por
videoconferencia o recibir un WhatsApp de nuestros seres queridos nos sienta de
maravilla. De hecho, existe el efecto Roseto, por el que la conexión social es
capaz de mitigar el efecto de hábitos poco saludables, como fumar o consumir
comida ultra-procesada. En los años 50 del siglo pasado, un grupo de italianos,
originarios de Roseto Valfortore, inmigró a Pensilvania para trabajar en la
cantera de pizarra, fundando una comunidad que bautizaron Roseto. El médico del
servicio público se percató de que la prevalencia de ECV, por entonces (y aún
hoy) disparada en todo EEUU, era infinitamente menor en los rosetianos, pese a
que habían adoptado muchos malos hábitos estadounidenses. No era tampoco una
cuestión genética, puesto que otros italianos, instalados en pueblos distintos
de EEUU, enfermaban tanto como los nativos. La explicación es la fuerte
cohesión social que mantenían los rosetianos: convivían varias generaciones
bajo un mismo techo, los más favorecidos ayudaban a los menos y se juntaban
todos en misa cada domingo.
Pero socializar es un arma de doble filo, también tiene su
lado negativo. Lo tiene si eres una persona introvertida y, entonces, ciertas
situaciones sociales te pueden causar ansiedad. Lo tiene también si la persona
o personas con quienes te relacionas son tóxicas: personalidades narcisistas,
personas resentidas que sólo critican, personas soberbias que te desprecian,
personas psicóticas que te utilizan, personas egoístas que piden piden y nunca
dan, personas inestables que no sabes por dónde van a salir... De nuevo, si esa
persona tóxica es tu jefe, me temo que no será fácil sacarlo de tu vida.
Tampoco si esa persona es un familiar. Si no hay un vínculo que te ate a esa persona,
mi humilde consejo es que, por salud, la saques de tu vida. No hagas un
ghosting, es decir, comunícaselo a esa pesona; pero, una vez le aclares tus
motivos, adiós y santas pascuas. A mí me costó aprender a hacerlo, pero, cuando
lo logré y lo apliqué, noté los beneficios desde el minuto uno. Si esas
interacciones sociales insanas son virtuales, vía redes sociales, pues es
bastante más fácil cortar por lo sano. Piensa, si tras un rato en Twitter o
Instagram te sientes peor que antes de entrar, revisa qué cuentas estás
siguiendo; las RRSS sociales te han de aportar, si no, nadie te obliga a
tenerlas ni a entrar. Ah, y en todo caso, las vivas como algo más o menos
positivo, creo que lo más saludable es tener todas las notificaciones
desactivadas y entrar solamente cuando quieras y puedas entrar.
Paso #3. Incorporar
Hayas podido o no identificar y neutralizar los estresores
que te están chupando la energía vital y minando la salud, hay algunas
prácticas que cabe incorporar y que van ayudar seguro. Por descontado, no son
balas mágicas, pero todas suman, por poquito que sea. Ah, y son gratis.
Respiración.
Existen muchas técnicas de respiración, tanto para activar como para
relajar. Juegan, básicamente, con tiempo de inspiración, tiempo de espiración y
tiempo de apnea. Lo que interesa aquí, que estamos hablando de combatir el
estrés, son dos cosas: la respiración nasal y las espiraciones largas relajan.
Lo hacen porque estimulan la producción de óxido nítrico y, por tanto, la
vasodilatación y porque están vinculados a la rama parasimpática del SN
autónomo. Una técnica muy simple es respirar en la caja: inspirar por la nariz
4’’, retener 4’’, espirar por la nariz 4’’, retener 4’’. Haz unos cuantos
ciclos así y, en un tris, te notarás más calmado.
Mindfulness. Mindfulness, como sugiere el término, se
refiere a estar presente en el momento, enfocar toda tu atención en el
aquí-y-ahora, sin preocuparte por el futuro ni rumiar cosas pasadas. De nuevo,
existen múltiples técnicas, pero, personalmente, me funcionan tres sencillas
herramientas. Primera, correr por la montaña por terreno técnico, especialmente
en las bajadas. El terreno técnico, sobre todo bajando, te reclama toda tu
atención; y es que, de otro modo, te vas al suelo, te rompes por algún sitio y,
hala, tres semanas sin poder hacer lo que más te gusta. Otra cosa que me ayuda
mucho a estar clavado en el presente, y sentir la calma consiguiente, es
cocinar. Cortar lechuga en juliana, rallar zanahoria, trocear tomate, laminar
un champiñón, batir unos huevos… son cosas que, a mí, me mantienen concentrado
y me sirven para no pensar en nada más y lograr una paz mental estupenda. Por
último, otro truco que utilizo es ponerme cierta canción, cerrar los ojos y
observar mi pensamiento sin categorizarlo ni juzgarlo. La canción se llama
“Weightless”, la banda es Marconi Union y un estudio de 2022 demostró que tiene
capacidad de activar sistema parasimpático, desactivar simpático e inducirnos
el consiguiente estado de relajación un 35% superior al silencio.
Duchas frías. Acabar la ducha con dos o tres minutos de agua
fría, sea verano o invierno, produce un pico de estrés; ya sabes, rama
simpática, adrenalina, aumento de la FC y la presión sanguínea y bla bla bla.
Pero lo interesante es que, pasado ese pico inicial, luego te quedas calmado
como un bebé chupando teta. O sea, habría un repunte en tu actividad nerviosa,
pero luego los niveles quedarían por debajo de los basales.
Naturaleza. Mirad qué curioso estudio de 2022. Se expuso a
los participantes a una situación de estrés, tenían que hacer cálculos
aritméticos a toda velocidad o mirar caras mostrando emociones negativas, luego
se les hizo dar un paseo. Unos lo hicieron por una avenida en el centro de la
ciudad; otros, por un bosque en las afueras. Terminado el paseo, se vio menor
actividad en la amígdala de estos últimos, pero no de los primeros. ¿Moraleja?
La naturaleza nos calma; al fin y al cabo, es nuestro hogar ancestral. Contacta
con ella tanto como puedas.
Regularidad. Todas las hormonas de las que hemos hablado, en
condiciones normales, se van secretando en diferentes momentos del ciclo de
24h. Justo antes de despertar, aumenta el cortisol, que te permitirá afrontar
el día. Las hormonas anabólicas aumentan durante la noche, que es cuando
hacemos tareas de reparación y regeneración. Tenemos más sensibilidad a la
insulina durante el día, cuando hay luz, pues es cuando podíamos cazar,
recolectar, comer y digerir. Cuando se va la luz es cuando producimos
melatonina, que nos inducirá el sueño. La cosa es que, si mantenemos una rutina
lo más estable posible, sea lunes, jueves o domingo, enero, marzo o septiembre,
día laboral o festivo, ayudamos a equilibrar todas estas hormonas.
Delegar y sistematizar. Una manera de quitar tareas de la
lista, y reducir el estrés correspondiente, es delegar y sistematizar. Delegar
se refiere a endosarle la tarea a otra persona o servicio. Por ejemplo, si no
te gusta cocinar, no tienes tiempo y puedes pagarlo, hay servicios de comida a
domicilio que ofrecen menús semanales y mensuales. También, si puedes pagarlo,
puedes contratar a alguien que te ayude con la limpieza de la casa.
Sistematizar se refiere a establecer un procedimiento cerrado para todas estas
tareas rutinarias ingratas, de manera que nos roben el mínimo tiempo y esfuerzo
mental. Por ejemplo, yo elijo la ropa que me voy a poner de la siguiente
manera: cojo los primeros camisa, pantalón y zapatos que encuentro en el
armario en la parte derecha. Según los saco de la lavadora, los voy metiendo
por el lado izquierdo. De esa manera, creo una rotación natural y no tengo que
pensar cómo ir variando de vestuario. Aparte, compro colores neutros, negro,
blanco, gris, para que todas las combinaciones casen. Aplico un sistema
parecido al menú diario. Siempre va a haber verdura y proteína y habrá algo más
de carbohidrato si he entrenado. ¿Qué verdura? La de temporada. ¿Qué proteína?
Voy rotando huevos, queso y marisco y cambio a alguna fuente vegetal, como
guisante o garbanzo, cuando quiero meter más carbohidrato. El AOVE de la
ensalada me sirve como fuente de grasas saludables, además de los huevos y el
queso. Punto. No tengo que pensar y, además, sé exactamente qué debo comprar en
cada compra semanal, que hago siempre los sábados.
Estoicismo. No me voy a enrollar en este punto, porque ya me
he enrollado demasiado en este episodio y porque ya tratamos este tema a fondo,
en el episodio 53. Allí repasamos algunas herramientas útiles para lograr la
ataraxia y el prosoché estoicos, la mente enfocada, pero serena. Vimos
herramientas como la dicotomía de control, el diario, la vista desde arriba o
la gratitud.
CONCLUSIÓN
Mi intención era mostrarte algunas formas de manejar el
estrés crónico, que es el malo, y me ha salido un episodio tan denso, que no sé
si al final he conseguido lo contrario: rallarte más la cabeza, mantener activa
tu rama simpática y contribuir a esos peligrosos niveles altos de cortisol
sostenidos. Ahora en serio, espero haberte proporcionado algunas claves para
entender mejor tu fisiología y las sensaciones que experimentamos, según si
dicha fisiología está equilibrada, respondiendo a los estresores cuando toca, o
está puesta patas arriba, con el cortisol por las nubes 24/7 y los 365 días del
año.
Así pues, espero de veras que hayas aprendido y disfrutado a
partes iguales. Si fue así, ya sabes que me ayudas a seguir adelante con este
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publico píldoras sobre trail running a diario en Stories.
Nos encontramos aquí en unos días, si no antes por el monte.
Hala, a pisar sendas (para tener un pico de adrenalina y luego quedarte más relajado
que las aguas de un estanque en un jardín japonés).
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